En el pueblo de Dulcelandia, todos cobraban su salario en caramelos.
Al principio era divertido: helados de fresa, chicles de menta, barras de chocolate. Pero pronto, los problemas comenzaron: —¿Cómo pagamos la renta? —preguntaban. —¡No puedo ahorrar caramelos, se derriten! —decían otros. Al final, inventaron monedas de cacao, más duraderas y fáciles de guardar. Dulcelandia aprendió que el dinero como herramienta, además de ser valioso, necesita ser práctico para intercambiar bienes.